Paseando en Sierra Morena


Después de las primeras lluvias otoñales, echamos a andar. Caminamos en busca de aire limpio, puro, esa bocanada de aire fresco que nos ofrece Sierra Morena. Ya se contempla un nuevo paisaje, nuevos colores donde dibujar otras ilusiones. La Tierra se adormece soñando primaveras abrileñas, pero sus habitantes dan un color diferente a la vida entre sus montes, y hoy caminando entre marcadas veredas comparto este paseo mostrando sus tesoros.



En este viejo atardecer diviso la silueta del Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza, que se alza entre los montes de esta serranía, como si de una corona se tratara, desde allí, reina la Bendita Virgen Morenita.

Es un atardecer fresco, las sombras se alargan y la temperatura comienza a bajar. Los habitantes de la sierra siguen su ritmo, que con curiosidad, nos contemplan cuando por su lado caminamos. La lluvia caída días atrás ha hecho que la tierra comience a verdear, convirtiéndose en un rico banquete para el ganado.



El sol se esconde entre las nubes grises azuladas, y entre el claroscuro que nos hace la sombra caminamos entre encinas y matorrales. El rumor de las aguas hace del momento un paréntesis de tranquilidad, y contemplo el reflejo del mundo en sus orillas. Los pequeños pajarillos buscan confortables y tupidos matorrales donde pasar la noche, entre pequeñas riñas, se dejan ver sobre las ramas de los árboles que con agradables cantos se despiden de tan agetreado día.



El silencio interior es mi fiel compañera de viaje, dejando que los sonidos de la serranía inunden mis sentidos de sensaciones nuevas. Entre veredas, paso a paso ganamos altura y aparece ante mis ojos la morada de la Señora. El sol se esconde para despedir el día, y yo cruzo el umbral de la puerta del Santuario. Entre las históricas piedras se esconde el mayor tesoro del peregrino de fe, la paz del lugar tranquiliza el alma, respiro hondo y entre la reja contemplo la Imagen de mi Morenita. Vuelvo a esos momentos abrileños que nos regala cada Primavera y oigo los ecos de los vivas de esas gargantas rajadas de miles de romeros que ante Ella llegan cada año... se desvanece el sueño y he de volver a mi presente. Cuantas manos se han aferrado a esta reja, cuantas súplicas en el aire, cuantas lágrimas derramadas... solo Ella es capaz de remover el alma.


Aquí termina mi viaje, de esos paseos que necesitamos para renovarnos, para ver las cosas de otra manera, para entrar en contacto con nuestra tierra... y Ella como guía, mi destino.

© ANDÚJAR PEREGRINA

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