No veo llegar el momento de volver a rozar tu manto

De sentir la paz que solo siento cuando te miro,
de quedar mudo ante tu grandeza, ante tu pureza,
ante esa tez morena que a todos embelesa.

Oigo en mi alma el repicar de tu campanilla,
siento en mi hombro la satisfacción de una plegaria escuchada,
de un sueño cumplido, de una tristeza olvidada al ver tu luz.

Caen lágrimas por mis mejillas de pensar,
que aún teniéndote tan cerca, todavía estás muy lejos,
aunque me conforta el notar tu eterna compañía,
el infinito consuelo de tu sonrisa.

Ni la saya, ni la corona, ni el resplandor
brillan más que tus ojos color aceituna.
Ni todos los luceros del cielo
igualan tu belleza esa noche abrileña.

¡¿Quién puede pasar ante Tí sin querer postrarse a tus plantas,
Soberana, Reina, Señora de Sierra Morena?!
¡¿Quién es capaz de no rezar una salve ante tu cuadro
o de emocionarse de la alegría de llegar a tu camarín
tras finalizar la caminata en la que
dejamos el egoísmo, el rencor, la envidia?!

Por la primavera abrileña, tu hermosura.
Entre las flores, las piedras de la calzada.
Entre las palomas revoloteando,
las campanas cortando el viento
pregonando tu divinidad, tu fulgor.

Salve, Emperatriz de nuestra tierra,
causa de nuestra mayor alegría,
Paloma de paz infinita,
Pastora de la serranía, siempre Bendita.
Primera romera de España,
Señora del mundo, Rosa de Oro mística.

¡¿Quién puede negar que conocerte
es lo mejor que tiene la vida,
si entre tus manos tienes escritas
las direcciones que marca el destino?!

Entre el Sol y la Luna, tu mirada.
Entre el Día y la Noche, tu cara morena.
Entre el corazón y el alma, nuestra medalla.
Y entre la cordura y la locura, nuestra fe romera;
Virgen Santísima, Reina y Señora de la Cabeza.

Autor: Antonio Liborio Sánchez Zafra
© ANDÚJAR PEREGRINA

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